jueves, 1 de abril de 2010

No recuerdo precisamente la cantidad de veces que lo habré invitado a tomar una copa a la vera de la ruta 8. La feroz carretera que intenta escapar a Pergamino por diagonales entrecruzadas y vias mullidas de un verde,recuerdos de vagones hastiados de gritos y pomposos vestidos largos.
la última vez que reincidí, fue al recibir su -si, vamos- como un campanar de ruiseñores bobos que chocan su aleteo deseperado buscando la salida al cielo. mareada de ganas por encontrarlo, de chocar miradas, de que sus dedos despeinen mi cabello en busca de algun elixir que nos convierta en tierra alborotada, me vestí.
Los tacones olvidados en el estante de arriba, el vestido de organza verde, y un recogido simple que resaltaba el color indefinido de mis ojos.
Llegué hora y media tarde, él apagaba su segundo cigarrillo en un poste de nogal, estandarte de los primeros poseedores de teléfono del pueblo. Olvidado, como todo el resto. Llevaba su camiseta negra y su denim gastado de siempre.
Conversamos muy poco, no podría resaltar ahora ningun pasaje del diálogo, todo lo que decíamos se desvanecía a los pocos segundos, palabras sin ningun tipo de sentido, sin ninguna meta puntual.
- Tomé el bus de las 7, paró en Fiore a cargar gasolina
- siempre se detiene ahi. Es bonito Fiore
- Tiene poca población
- Eso me contaron.
- raro, ¿no?
- sí

Pero en el devenir del supuesto diálogo, cada pregunta y cada respuesta nos acercaba un poco más al contacto físico. que linda está la tarde- caricia en el hombro, ¿tienes fuego?, sí, toma.gracias- beso en la mejilla.
podíamos sentir nuestros corazones alternando ritmos. sus manos ya no buscaban nerviosas el atado de cigarros que lo desviaban de nosotros. sus manos comenzaron a perderse entre los pliegues de mi vestido, buscando un roce más intenso.
No había nadie alrededor. Solo él y yo. Por la ruta cada 50 minutos pasaba algun vehiculo levantando polvo, y el parador al que habiamos sido citados para este nuevo encuentro, ya bajaba sus persianas. Había anochecido y refrescado.
una sirena se oía a lo lejos. giré a prestarle atención, intentando identificar de donde brotaba el sonido. ël se acercó por detrás mío, y con una mano bajó el cierre de mi vestido, mientras con otra recogía aún más mi pelo, besándome la nuca, humedeciéndome la espalda con su lengua que seguía el recorrido de mi columna. Disfruté unos segundos de ese primer contacto, giré sobre mí, mordí sus labios y me dejé caer en su abrazo que sujetaba mi cintura.
Nos escapamos a un puesto de chapa de venta de productos artesanales, me recostó con cuidado. bajó mi vestido hasta mi cadera. Desprendiendo mi sutién buscó con sus labios mis pezones. boceteó sobre ellos un nuevo cuento, con su lengua se detuvo en cada cm de ellos, esperando la respuesta en mi respiración, que le marcara el tiempo, mi tiempo. luego descendió más hasta aprontarse a mi sexo. separó mis piernas rozando sus mejillas en mis muslos, con sus dedos separó mi ropa interior, mis labios, observando un momento la composición de mi género, regodeándose en nuestras diferencias, perdió su lengua en mí, mezclando su saliva con mi fluído, exhalando virilidad en cada vaiven de su boca en mi clótiris, de sus manos en mi humedad, de su cabeza perdida en mis caricias.
Era de noche.